Roberto. Jaime González Crispín

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Foto Roberto Lara Radillo

Roberto

 

 

Por Jaime González Crispín

 

 

Rebeca:

Este pasado tres de abril se cumplieron cinco años de la muerte de Roberto, amigo tuyo y mío, tan querido como apreciado, asesinado en el Bar La Rueda, ¿lo recuerdas?

Tu abuela y yo estuvimos en el lugar hace días. Llevados por su memoria y su sentido deceso, nos pusimos de acuerdo para ir. Entramos. Pedimos permiso al nuevo dueño para decir una oración y encender una veladora donde, se supone, Roberto fue atacado, muerto y luego arrojado a la calle.  Cuando le hablamos del muerto, el dueño, encogiendo los hombros nos dijo que él no sabía nada. Prendimos la veladora. Muy discretos juntamos nuestras manos y rezamos un padrenuestro.

Ahora se llama La Rueda Corona Bar. Ya todo está muy diferente. Cambiaron no solo la sillería, cuanto la mesa larga de la barra, la pista de baile, los baños y los anuncios luminosos de las cervezas. Hasta los putos meseros son otros. Por supuesto, el dueño ya no es Javier Montemayor, el texano, encubridor del asesino y creador del montaje de mentiras del homicidio de Roberto.

Luego que apagamos la candela nos sentamos nomás a ver. A poco la gente empezó a llegar. Tu abuela en susurro me cantó aquello de “Bailar es como soñar con los pies”, creo que son versos de Sabina, no sé. Tu abuela pidió Topo chico, agua mineral, yo tres tequilas: uno por Roberto, otro por ti, el otro por la abuela. Ella me jaló a bailar. Lo hicimos suave, su cabeza en mi hombro, yo en el tuyo. Cuando decidimos parar, ella me confió que, a los siete años tuyos te enseñó a bailar, a valsar. También me confió, riéndose:

—Bailar con Rebeca es como mover un piano.

A poco, la abuela fue con un mesero y algo preguntó. Luego llegó a donde estaban unos extraños. Los enfrentó y les dijo:

—¿Quién de ustedes es Mancinas?

Los otros se vieron, contrariados. La abuela señaló como diciendo: “Me lo dijo el mesero”. Uno de ellos fue hasta el mozo, lo zarandeó. Se hizo el zipi zape. Otros metieron paz. Todo acabó, en apariencia. Cuando salíamos, uno de los dos aludidos nos alcanzó para decirnos: Alto:

—Luego sabrán más de Mancinas, se los prometo.

Salimos, nerviosos y a toda prisa. Abandonamos el lugar que hasta hace años se llamaba solo La Rueda Bar, donde murió Roberto, nuestro amigo, nuestro hermano.

Ya te dije: ya no es igual. Es otro bar, es otro tiempo. La vida, aunque la misma, es otra también. Aunque extraño a Roberto, creo que te extraño más a ti, Rebeca, sobre todo en la ausencia del amigo.

Yo sé que sigues molesta.

Tus celos infundados te han llevado a inventar que te engañé con tu hermana, cosa inexacta. Y si ahora salgo con tu abuela es porque me siento solo.

Pero como ya te he dicho: Con ella no todo es sexo.

Tuyo:

Jaime

 

 

 

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Jaime González Crispín es profesor, por la Escuela Normal de Durango, con grado de Iicenciatura. También estudió en el Taller de Escritura Narrativa, en la Universidad Juárez del Estado de Durango y en el Taller Levriano de Escritura, Querétaro. Ha publicado los libros de cuentos Matemos al curaAlambre de Púas y Trece veces por minuto. Están inéditos sus novelas Eva Gorrión, o la monja que mató a su hermana y Casi quince, además de su libro de cuentos El mal samaritano.

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