Mensajes. Jaime González Crispín

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Foto Pedro Chacón

Mensajes

 

 

Por Jaime González Crispín

                                                                                                                                                         

 

Luis circula en busca de pasajeros. Es taxista desde que salió de la universidad hace tres años; ha hecho suyas las mañas y los trucos de quienes se la viven en las calles, sin mengua de otros como él, ni de los demás conductores.

Mira hacia un lado, al otro, en busca de la mano que le señale la necesidad de un servicio. Suena su celular, tiene un mensaje. Luis, murió Ana, lee; con dedos ágiles garrapatea la respuesta: Cuál Ana, y envía. Una esquina, cambio a tercera velocidad, freno, continuar. Otro mensaje. La mujer del primo Andrés, Wey, la de San Martín.

San Martín es el pueblo de donde procedían, a unos kilómetros de la ciudad. Una mano al aire, una mujer, una dejada.

─¿A dónde, señito?

Y enfilar y responder al mensaje: ¿Y a mi k? Cruza la ciudad, endereza el rumbo a donde lo solicitó la mujer. El taxímetro cobra. Él agradece.

Da vueltas. Otro mensaje: Te tocan las flores. Enfila en busca de más clientes, pensando que el primo, ahora viudo, siempre fue buena onda.  Pregunta con otro mensaje: A k horas y dónde.

Sigue rodando, buscando la mano que le haga la seña. Respuesta en el cel: De 3 a 4 nos vemos en San Martín no falles.

Continúa en busca de pasajeros por una calle, por otra. Suena el celular, entra una llamada del mismo que mensajea, su hermano.

─Qué onda, Wey, cómo estuvo lo de Ana ─pregunta Luis.

─Ya estaba malilla, creo.

─Y luego qué, cómo está el primo.

─No sé, a mí también me mandaron mensaje. Oye, otro favor. Quieren que vayas a casa de Luchita.

─Cuál Luchita.

 ─La mamá de Ana, en la colonia Mártires, es que ella no sabe… tú tienes rollo… además eres el único que sabe dónde vive.

─El único, no jodas

─Bueno, vas a hacer el favor o qué…

─Está bien. Puta, qué mala onda.

Y Luis enfila a buscar a Luchita pensando en qué rollo le tirará. Una calle, otra; meter primera, segunda, tercera, freno; por el bulevar, dar vuelta; llega, baja, toca la puerta, sale la señora. Saludo, breve preámbulo y la noticia. La señora llora, convulsiona y desmaya. Pronto, al taxi, al hospital, a urgencias.

─Su mamacita viene muy mala ─le dicen.

─No es mi madre.

Busca en su teléfono el número de su hermano, llama, pero lo manda a buzón. Busca, busca y al fin encuentra el número de la casa del primo Andrés en San Martín y marca.

─Sí, diga ─le contesta una voz femenina.

─Busco a Andrés.

 ─Soy Ana, la esposa ─y la mujer suelta la carcajada.

Silencio. Luis no entiende. La voz del primo Andrés, a plena risotada, le aclara todo.

─Fue una broma, primo, vente con las flores, tenemos cheves y comida de a madres porque es el cumpleaños de Ana, güey, y olvídate del mensaje.

─ ¿Una broma?, ah, pues dile a Ana que muchas felicidades, y dale este otro mensaje: que cuando pueda, venga al Hospital General, acá en Durango, pues aquí está muy mala Luchita, su chingada madre, y no es broma, putos.

 

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Jaime González Crispín es profesor, por la Escuela Normal de Durango, con grado de Iicenciatura. También estudió en el Taller de Escritura Narrativa, en la Universidad Juárez del Estado de Durango y en el Taller Levriano de Escritura, Querétaro. Ha publicado los libros de cuentos Matemos al curaAlambre de Púas y Trece veces por minuto. Están inéditos sus novelas Eva Gorrión, o la monja que mató a su hermana y Casi quince, además de su libro de cuentos El mal samaritano.

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