Con amor eterno. Aracely Sánchez Ruiz

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Collage de Aracely Sánchez Ruiz

Yo opino/ la columna de Aracely

 

Con amor eterno

 

 

Por Aracely Sánchez Ruiz

 

 

“…tarde o temprano estaré contigo para seguir amándonos…”, así dice una canción de Juan Gabriel que en la voz de Rocío Dúrcal se convirtió en un éxito de los años 80 y que habla de un amor eterno e inolvidable, como el que don Carlos Sánchez Ramírez y doña Petrita Valverde Altamirano se tuvieron durante más de 50 años.

Para ellos fue más temprano que tarde, pues uno y otro entregaron sus almas al creador con tan sólo tres horas de diferencia, rehusándose a separarse aun el día de su muerte.

Esto viene a mi memoria porque hace solo cinco días se cumplieron 17 años de su partida. En la víspera del Día de Muertos, el miércoles 1 de noviembre de 2006, cerca de las 19:00 horas, mi querido tío Cacho dio su último suspiro. Y aproximadamente a las 22:00 horas mi tía Petrita murió también, sin saber que su fiel compañero le esperaba ya en la eternidad.

Ante el altar prometieron amarse “hasta que la muerte nos separe”, poniendo a Dios por testigo de un amor para toda la vida. Pero el suyo fue más allá, y después de 53 años y medio de matrimonio ni la muerte fue capaz de separarlos.

Mis tíos se conocieron a principios de los años 50 del siglo pasado y desde que él la vio supo que estaba destinado para ella y que ya no la dejaría ir.

Mi prima Gloria, quien me contó la historia para publicarla un día de los enamorados hace ocho años (y que por caprichos del destino no salió en esa fecha), decía que su papá desde un principio se enamoró por completo, que desde que la vio la primera vez la sintió de él y nunca más la soltó.

Su amor se puso a prueba cuando él se fue a estudiar refrigeración a la Ciudad de México, pero mi tío venció la distancia escribiéndole a su “chorreada” cartas llenas de poesía y romance.

Y es que mi tío Cacho admiraba a Pedro Infante y no perdía la ocasión de demostrarlo entonando a todo pulmón las canciones del Ídolo de Guamúchil dondequiera que estuviera. Ah, pero también era bailador, alegre, cariñoso y le gustaba apapachar.

Su carácter contrastaba con el de mi tía, ella era menos expresiva, más seria y reservada, demostraba su amor de otras formas, como en el especial cuidado que le prodigaba a su esposo.

Mi tío Cacho y mi tía Petrita se casaron el sábado 25 de abril de 1953 y procrearon siete hijos: Carlos, Jorge, Gloria, Irma, Carmen, Lucy y Norma.

Para mi tío, antes que cualquier otra cosa estaba mi tía, así lo dicen las cartas y los poemas que le seguía escribiendo con frecuencia.

“Tú llegaste a mí, esposa mía/cual bella flor que entre otras yo cortara/por ser la que mi corazón me indicaría/que en el jardín de Dios yo te encontrara”, dice uno de los versos que mi prima Gloria conserva.

Mi tía fue el motor de su vida, y no es que hablara mucho, pero fue quien lo guio todo el tiempo, compartiendo cada logro que alcanzaba por ella.

Fueron una pareja como cualquier otra, con sus altas y sus bajas, pero como pocas, se hablaron de usted hasta el final de sus días.

En junio de 2005, mi tío enfermó de Parkinson y para que mi tía no dejara los ejercicios terapéuticos que tanto bien le hacían, mis primos se turnaron para cuidarlo, aunque ella se resistía a dejarlo.

Pero en ese tiempo empezaron a notar que su salud decaía también y lo que más le afectaba era que ya no podía cuidar a su marido como antes, el dolor y la tristeza se notaban en sus ojos.

El 31 de julio de 2006, mi tío se puso muy mal y cuando el médico llegó, revisó a los dos y decidió que ambos debían ser hospitalizados.

Esa noche llovía, pero una fila de vecinos sosteniendo paraguas los escoltó hasta la ambulancia para evitar que se mojaran… y es que, según Gloria, el amor que se tuvieron no fue nada más para ellos, lo irradiaban y lo repartían.

Los dos permanecieron varias semanas en el Hospital Central Universitario, hasta que mi tía tuvo que ser trasladada a la Clínica del Centro para recibir cuidados intensivos.

El primero de noviembre mi tío se agravó y falleció a las siete de la tarde. Gloria estaba cuidando a mi tía y cuando se enteró le dijo que se fuera tranquila, que mi tío ya la esperaba, que se entregara al Señor. Que no tuviera miedo, que ellos estarían bien con todo el amor que les dieron y todo lo que les enseñaron. Y tres horas después dejó de existir.

Como comandante vitalicio del Pentathlón Deportivo Militarizado Universitario (al que perteneció durante 33 años y donde desarrolló una incansable labor encauzando a los jóvenes hacia el deporte), mi tío recibió honores militares, con toque de silencio, pase de lista y cadetes uniformados que cargaron su ataúd hasta la última morada, mientras que los nietos llevaban el féretro de mi tía.

Rodeados de familiares y amigos, sus hijos, nietos y bisnietos los despidieron deseándoles “una eterna luna de miel”, guardando el recuerdo de un amor imperecedero como el que Carlos y Petrita se profesaron hasta el último día de sus vidas.

 

“Ellos permanecieron siempre juntos, y permanecen, para gloria de Dios y muestra de que el amor rompe barreras, siempre y cuando sea real”: Gloria Sánchez Valverde

 

 

 

Aracely Sánchez Ruiz es licenciada en relaciones industriales egresada del Instituto Tecnológico de Chihuahua, trabajó 18 años en El Heraldo de Chihuahua, donde inició como correctora y los últimos doce años como reportera de la sección de espectáculos y cultura. Actualmente escribe notas y comentarios en Facebook.

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